
Desaparecieron más de 1.200 productores de fruta en el Alto Valle


El sistema frutícola del Alto Valle continúa expulsando productores. En apenas 17 años desaparecieron 1.240 productores, en su inmensa mayoría pequeños establecimientos familiares que fueron el corazón productivo del Valle. El se desprende del informe que publicó el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), correspondientes al cierre de 2025, que vuelve a poner en evidencia una tendencia que ya lleva décadas profundizándose.


Según el informe oficial, en todo el norte de la Patagonia quedaban registrados al finalizar el año pasado 1.427 productores de frutas de pepita y de carozo. La cifra representa una caída cercana al 4% respecto de 2024 y confirma que el proceso de retracción del sector no se detiene.
Lo más preocupante, sin embargo, no es solamente la reducción en la cantidad total de productores sino quiénes son los que desaparecen del sistema. De los 64 establecimientos que dejaron de formar parte de la actividad durante el último año, 61 correspondían a productores con menos de 30 hectáreas. En otras palabras, más del 95% de quienes abandonaron la fruticultura pertenecían al segmento históricamente más vulnerable y, al mismo tiempo, al que durante décadas constituyó la base social y productiva del Alto Valle.


La fotografía actual adquiere una dimensión mucho más dramática cuando se observa la evolución de largo plazo. En 2009, apenas 17 años atrás, el norte patagónico contabilizaba 2.667 productores frutícolas. Desde entonces desaparecieron 1.240 chacareros, una cifra que refleja una transformación estructural de enorme magnitud. De ese total, 1.147 eran pequeños productores con explotaciones inferiores a las 30 hectáreas, lo que demuestra con claridad que el ajuste del sistema se concentró principalmente sobre quienes tenían menores posibilidades económicas para adaptarse a los cambios que fue imponiendo la actividad.
Las estadísticas permiten dimensionar la magnitud del fenómeno, aunque resultan insuficientes para comprender plenamente lo que está ocurriendo. Porque detrás de cada productor que deja la actividad existe una historia familiar, una tradición de trabajo y un proyecto de vida que muchas veces se remonta a varias generaciones. Allí donde los informes registran una baja porcentual o una reducción en la cantidad de explotaciones, en realidad hay chacras que quedan abandonadas, viviendas rurales que pierden habitantes y familias enteras que se ven obligadas a buscar alternativas económicas fuera de la actividad que durante décadas les dio sustento.
Durante gran parte de la historia del Alto Valle, el modelo productivo estuvo sostenido por pequeñas y medianas explotaciones familiares.
Pero el escenario comenzó a modificarse gradualmente. Los mercados internacionales se volvieron más exigentes, la competencia global aumentó y las nuevas tecnologías pasaron a desempeñar un papel determinante para alcanzar niveles de productividad compatibles con las demandas comerciales actuales. Al mismo tiempo, las inversiones necesarias para reconvertir montes frutales, incorporar nuevas variedades y modernizar los sistemas productivos comenzaron a requerir recursos que muchos pequeños productores no pudieron afrontar.
A estas dificultades se sumó el incremento sostenido de los costos de producción. La mano de obra, los insumos, los combustibles, la energía, el transporte y los servicios necesarios para mantener una explotación competitiva crecieron de manera constante durante los últimos años. En muchos casos, los precios obtenidos por la fruta no alcanzaron para compensar esos aumentos, generando una pérdida progresiva de rentabilidad que golpeó especialmente a las explotaciones de menor escala.
Hoy, para muchos especialistas, una chacra de menos de 30 hectáreas enfrenta enormes dificultades para sostenerse económicamente si no dispone de altos niveles de productividad, variedades modernas y acceso a estructuras de conservación y comercialización que permitan capturar una mayor porción del valor generado por la actividad. Los rendimientos inferiores a las 40 o 50 toneladas por hectárea suelen quedar muy lejos de los parámetros necesarios para competir en igualdad de condiciones dentro de un mercado cada vez más exigente.












