
La fruta pierde mercados y la mitad se vende a la industria





Según se desprende de un informe oficial del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), en los primeros ocho meses de 2025 se comercializaron poco más de 412.400 toneladas de manzanas. Unas 190.000 toneladas, se volcó a la industria local.
Lejos de ser una anomalía aislada, esta tendencia se ha convertido en regla. El 2025 se ubica como el segundo año de mayor proporción de fruta destinada a la industria en lo que va del siglo, solo superado por 2023, cuando ese porcentaje rozó el 50%. Y lo más preocupante: la brecha con países competidores es cada vez más amplia. En Chile, Sudáfrica, Italia o Nueva Zelanda, solo entre el 20% y el 30% de la manzana va a industria. En el Alto Valle, esa proporción se duplica.
La comparación con otros rubros productivos ayuda a comprender el desfasaje. Sería como si una industria maderera, pensada para fabricar tirantes de alta calidad, basara el 50% de su negocio en la venta de aserrín, un descarte de bajo valor. Ninguna ecuación de rentabilidad podría sostenerse a largo plazo con semejante desproporción.


En la fruticultura sucede lo mismo. La actividad nació y creció con una orientación exportadora. Sin embargo, en la actualidad se ha transformado en una productora masiva de manzanas para industria, perdiendo competitividad y capitalización. El problema ya no es solo económico, sino estructural: la región está produciendo fruta que no reúne las condiciones mínimas de calidad que exigen los mercados frescos, tanto locales como internacionales.
El costo de producción ronda los 30 centavos de dólar por kilogramo, sin importar si la fruta luego se vende como industrial o de alta calidad. Pero el retorno es diametralmente opuesto. En países competitivos, el 80% de la manzana se destina a mercados frescos, con valores muy superiores. En el Alto Valle, en cambio, la mitad se vende a precio de descarte. Así, la rentabilidad se esfuma, y con ella la sustentabilidad de toda la cadena productiva.

El mercado interno: un refugio debilitado
El segundo destino en importancia es el mercado interno, que absorbió unas 160.000 toneladas, el 39% del total comercializado. Este volumen implica un leve crecimiento interanual del 7% respecto de 2024. Pero más allá de la cifra, el mercado interno tampoco representa hoy un motor de rentabilidad.
Los precios en góndola no logran repuntar, golpeados por la caída generalizada del consumo y la pérdida del poder adquisitivo de los salarios. A esto se suma la competencia de frutas importadas que logran captar al segmento ABC1, el de mayor poder de compra, justamente donde la manzana patagónica de calidad podría obtener mejores márgenes.
El problema, además, es de composición: apenas el 20% de la manzana que llega al mercado interno puede considerarse de alta calidad. El restante 80% se reparte entre fruta de calidad media y baja, con precios que muchas veces apenas cubren los costos de producción o, directamente, generan rentabilidades negativas. En este contexto, los galpones de empaque y los frigoríficos sobreviven más como engranajes de subsistencia que como actores de una cadena competitiva.

Exportación: la gran ausente
El panorama se agrava al observar la evolución de la exportación. En los primeros ocho meses del año se colocaron en mercados internacionales unas 68.000 toneladas, apenas el 16% del total comercializado. Traducido: de cada 10 kilos de manzanas que se producen, solo 1,6 viajan al exterior.
El contraste con el diseño original de la fruticultura regional es evidente. La estructura productiva y comercial del norte de la Patagonia fue concebida, hace décadas, como un polo exportador de fruta fresca. Hoy, en cambio, la exportación se reduce a una mínima fracción de la producción, lo que pone en jaque el sentido mismo del modelo.
El error estratégico se hace aún más visible al comparar con países vecinos. Chile, Sudáfrica o Nueva Zelanda mantienen una estrategia comercial definida, orientada a garantizar presencia en mercados de alto valor. Así logran competitividad, inversión y desarrollo. El Alto Valle, en cambio, se ha quedado atrapado en un círculo de baja calidad, altos niveles de descarte y escasa capacidad de inserción internacional.
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